“Este soy yo, el que tirita con la cámara. Este no, porque el López está loco, no tirita. Como decía mi abuela en un vídeo. A mí los cohetes me dan miedo”, así arranca la charla de Ángel Sastre en la sede de la Económica de Badajoz. En la imagen que acompaña sus palabras, López y Antonio Pampliega —que junto a Sastre han estado secuestrados durante 10 meses en Alepo— cubren una ofensiva de los Peshmergas (sin miedo a la muerte en kurdo) que tratan de recuperar un pueblo del norte de Irak, recién tomado por el Estado Islámico.

Ahora cubren una escaramuza de una Qatiba (brigada) que intercambia fuego con otro grupo enemigo. Están todos en una habitación en penumbra. La única luz que entra lo hace por unos agujeros practicados en el muro para que los soldados puedan disparar a través. López, pegado a la pared, graba en ángulo de noventa la pose de tiro de los rebeldes. Una bala entra por el agujero de vuelta pero no impacta en ninguno de los que están en la habitación. En realidad, no hay un solo segundo de todos los cortes que Ángel Sastre nos pone a un público boquiabierto en el que su vida no esté en peligro: corriendo tras unas mantas dispuestas a modo de pantalla para tapar la visión de los francotiradores que vigilan un paso entre dos calles, grabando el lanzamiento de granadas desde un patio interior hacia otro, o quizás una calle, o quién sabe a dónde.

Les acompaña siempre un escuadrón encargado de su defensa, de repeler los intentos de secuestro del Estado Islámico, de Al Nusra u otros grupos autónomos que ansían hacerse con las piezas occidentales para vendérselas a alguno de los anteriores y así financiar su guerra. La precariedad de las condiciones laborales de estos periodistas freelance ha provocado que en los últimos años tengan que recortar en su propia seguridad.

Esto es así, aunque quizá ni con diez hombres hubieran podido evitar el secuestro. Aquel día una furgoneta se les cruzó en medio de la carretera. De ella bajaron seis tipos armados con Kalashnikov y RPG y los encañonaron. A Sastre le hicieron arrodillarse y le colocaron el cañón en la frente. Él agarró el cañón y lo apartó en un gesto escalofriante que él relata con una calma inexplicable. Cuando le dijeron que pusiera la cabeza entre las piernas tuvo claro que aquello era un secuestro. No tanto quién les estaba secuestrando. De ese dato dependía en gran medida sus posibilidades de sobrevivir, de ser torturados o de ser asesinados como lo fueron James Foley o Sotloff, para lanzar un mensaje a los gobiernos de sus países de origen. Esa incertidumbre era aterradora, dice Sastre. Nos cambiaron seis o siete veces de casa, a medida que avanzaban las tropas enemigas o los rusos. Cree que al principio les secuestró un grupo pequeño. Después, los vendieron a Al Nusra, pero nadie les informó de nada. Hicieron ejercicio hasta que se lo prohibieron. Caminaban en L o en círculos. Al final, tuvieron que inventarse una serie de estiramientos encubiertos porque les instalaron una cámara de vigilancia. Escribí en unos cuadernos que nos dejaron y que no me pude traer. Eso fue lo que más me dolió perder.

Un buen día les llevaron un chándal adidas a cada uno y unas zapatillas de deporte, y también una bolsa de chocolatinas. Daba mal rollo, dice Sastre. Me sentía como Hansel y Gretel. Con cierta esperanza —después de meses de cautiverio cualquier movimiento despertaba la esperanza dormida aunque también el temor a un desenlace fatal— fueron conducidos a otro piso. Allí, esposados a la espalda, de rodillas, con un saco en la cabeza, aguardaban para descubrir el signo de su suerte. Mientras tanto, un niño revoloteaba a su alrededor. Les tocaba la cara a través del saco, se reía. Los adultos reprendían al niño: no juegues con ellos, le decían, como quien le dice a su hijo que no juegue con la comida.

Pocas horas después estaban cruzando la frontera turca.

Con un discurso sereno, prospectivo, autocrítico y cargado de honestidad, Sastre nos ha relatado su experiencia en pasajes escogidos. Uno imagina todo lo que no cuenta y le cuesta comprender cómo puede estar ahí sentado, frente a nosotros y a sus padres, compartiendo con generosidad un puñado de secretos, como trabalenguas aprendidos en el infierno, que le han sido revelados a fuerza de cuestionarse todo. Esa autocrítica se trufa con una consciencia clara de sus motivaciones a la hora de elegir trabajo y oficio. Antes de Periodismo hizo Filosofía, por eso cita a Kant y a su Crítica de la razón pura para negar la existencia de un altruismo puro: estoy donde tengo que estar, para contar lo que tiene que ser contado, pero también disfruto con lo que hago; aunque sea rodeado de violencia y miseria, disfruto con mi trabajo. 

Nosotros tenemos muchas preguntas, y él mucho que decir sobre la profesión de corresponsal de guerra, sobre la propia guerra, sobre las consecuencias brutales de una revolución que tal vez nadie habría iniciado de saber el curso que seguiría. Pero tiene también todo un día que pasar en compañía de su familia y, por eso, todos aceptamos agradecidos el final de esta rueda de prensa invertida.

Nos queda una sensación de ser unos privilegiados por haber estado ahí y no en otro lugar mientras él hablaba, como si un pequeño milagro nos hubiera sido revelado privada y aleatoriamente. Afuera, en las calles del Casco Antiguo de Badajoz, la fiesta de los Palomos prosigue indiferente a la historia de Sastre, a la historia de Siria y de sus muertos, haciendo aún más mágico el momento pero también espoleando mi falta de confianza en la sociedad a la que pertenezco que prefiere mirar para otro lado mientras los sastres de este mundo se arriesgan a perder la vida por ponernos la verdad ante nuestros ojos.

Author CARMONA DEL BARCO

Miguel Ángel Carmona del Barco (Monesterio, 1979) debutó en la narrativa con Manual de autoayuda (Salto de Página, 2016), obra finalista en el Premio Setenil, al mejor libro de relatos publicado en España ese año. También en el ámbito del relato, ha sido galardonado con el XXVIII Premio de Narrativa Camilo José Cela. Con su primera novela, Kuebiko, ha obtenido el XXXV Premio Vicente Blasco Ibáñez de narrativa en 2017. Es director del Centro de Estudios Literarios Antonio Román Díez (CELARD), donde imparte talleres de escritura y coordina programas de fomento de la lectura, como el Club de Lectura Viva. Es colaborador habitual en Canal Extremadura Radio y en medios digitales especializados en literatura.

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