BIOCUENTO

    Nació pequeño, casi un bebé. De su pueblo le gustaba la plaza frente a su ventana y la oficina de correos en la planta baja. Los carteros le revolvían el pelo. Los pies le colgaban sentado en la silla de su padre. De las sacas, cargadas de confesiones, historias de mili y despedidas, aún no le interesaban las cartas. Sólo el olor a tren, que era como de perro mojado.

    Como eran muchos, se mudaron a la ciudad. La casa de la plaza se convirtió en un piso minúsculo, un cuarto sin ascensor en un barrio que le daba miedo. No tenía bici porque no podía subirla por las escaleras. Apenas podía subir él por las escaleras. El piso se llenó de literas. Hubo un ventilador, una camilla que se transformaba en mesa de pingpong las noches de verano, hubo Arancha ganando Roland Garros y El Tiempo es Oro y El Precio Justo y baños de cien hermanos con el mismo agua. Estudiaba Religión o Naturales mientras su madre cosía o zurcía calcetines.

    La escritura todavía no sabía que le quería.

    Tuvo la suerte de ser invisible. De no destacar en nada. Tanto fue así que él mismo se sorprendió años más tarde al darse cuenta de que no era un mediocre. El descubrimiento le sentó mal. Confundió términos. Ignoró conceptos. Su estupidez era directamente proporcional a su inteligencia. La sabiduría, ni estaba ni se la esperaba. Las mujeres seguían siendo un país extraño para el que no tenía visado, cuya frontera cruzaba únicamente cuando perdía la noción del espacio y del tiempo.

    Hubo un viaje y después otros. Facturaba maletas y fantasmas que poco a poco iba dejando en casas abandonadas. La distancia le puso por fin la pluma en las manos. Se acordó del olor a tren de las cartas e imaginó las confesiones y las despedidas. Intentó encontrarle el Sentido a las agujas del reloj , se leyó por primera vez, traspasó la frontera de la narrativa cargando sus culpas y miedos sobre personajes de papel. Hubo un cuento y después otro. Hubo una mujer que aún hay.

    Escribió novelas, las maquetó, negoció con imprentas y las imprimió, metió centenares de ejemplares en maletas y las predicó por varias ciudades. Se llamaba autopublicación de la güena güena. Consistía, básicamente, en hacerlo todo para no confiar en nadie que no confiara en él. La gente las leyó y empezó a llamarle escritor. Le hacía gracia tener un nombre. Sonaba bien en el espejo. Lo malo era que se empañaba con la distancia. Más allá de donde alcanzaba su voz, sólo se oía «camarero». Entonces vio un hueco en el sistema y se coló. Del otro lado había una oficina, no importaba de qué. Se sentó en su puesto y decidió no dejar de visitar nunca los bares, para no olvidar su pasado.

    Sabía que se llamaba Carmona del Barco, pero no de cuántos se componía Carmona del Barco. Para inventariarlos, los puso a todos a escribir cuentos. Cada uno le enseñó una cosa, le señalaban puntos de luz sobre la página negra. Un día levantaron la mirada y le dijeron: hemos terminado. ¿Os publico yo?, preguntó él. Ni hablar, respondieron. Estamos hartos de viajar en maletas, de escucharte vendernos como si fuéramos crecepelos o hielo de Macondo. Verás cómo se hace, le dijeron. Y se cogieron todos de las manos y se encadenaron a la mesa de un editor. Somos piquetes narrativos, le gritaron desde la página. No nos iremos de aquí hasta que no nos publiques.

    Él los dejó hacer. En realidad, los había escrito para que se valieran por sí mismos. Y consiguieron su propósito. Le aconsejaron: ya que no tienes currículo, ¿por qué no escribes una biografía en forma de cuento? Y él aceptó. En ese momento hubiera escrito el código civil en forma de cuento.

Ahí, o tal vez antes, llegaron niños y niñas que tupieron los pasillos con llantos, y risas, y pañales, y miradas que abducían, y manos que agarraban al corazón por los huevos, y después con preguntas y respuestas, y ahora ya para siempre con una inmensa necesidad compartida de amor mutuo. Empezaron a caer bombas en algunas partes del mundo. Otros y otras agarraron a sus hijos, tan parecidos a los suyos, e iniciaron una larga travesía hacia el espejismo ético de Occidente. Fue a su encuentro y se encontró a sí. Estaba él allí, esperándose. Estaban también todos a los que quería. Caminaban hacia él, vía del tren hacia adelante, como si salieran de la última página de un libro mal cerrado, mal escrito, dejado a medias. Él, que iba con una libreta, tuvo que pedir prestada una cámara para poder mirar por el visor. Buscaba, tal vez, la pantalla que le protegiera de la realidad. Y así llegó también a la fotografía. Para quedarse.

Recogió el guante. Un guante que previamente se le había caído o había tirado. Subió trenes y bajó de trenes. Cruzó fronteras andando. Se monto en barcos donde las madres posaban las manos sobre los pechos de sus hijos, cuando estos tosían en mitad de la madrugada. Estuvo en sitios donde la esperanza se repartía desigualmente. Algunos querían vivir a toda cosa. Otros, se conformaban con morir.

Después regresó a casa, se puso el guante, y escribió.

Kuebiko (Pre-textos, 2018) ISBN 978-84-17143-28-2

Mediados del siglo XXI. Huyendo de la guerra civil que asola España, dos familias emprenden el viaje del exilio hacia el norte del continente. Para ello, deben atravesar las ruinas del proyecto europeo, devorado por los populismos, erizado de muros y alambradas. Pero para Ulises, el exilio no es una tregua a los problemas que arrastra, sino un escenario móvil en el que se desarrollan y que condiciona, con su miseria y también con su exacerbación de la humanidad, la manera en que se resuelven. Apuntalar la relación con su padre, al borde del colapso, o reencontrarse con Isabella, después de una traumática separación, concentrarán todos los esfuerzos que no deba dedicarle al camino.
Narrada a cuatro voces, Kuebiko ofrece cuatro visiones de un viaje compartido. En las antípodas del género épico, esta novela contiene aquello que no aparecerá en los libros de Historia, sino en los libros de historias. Personajes profundos, ligeros de equipaje pero cargados de contradicciones, se resistirán a ser etiquetados según el discurso oficial que divide la humanidad entre culpables e inocentes, entre víctimas y verdugos. En realidad, poco les importa todo eso: sólo piden permanecer unidos y llegar a algún destino donde juntar las piezas de sus vidas rotas.

TINTA EN LOS OJOS

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CARMONA DEL BARCO: “Miguel Ángel Carmona del Barco (Monesterio, 1979) debutó en la narrativa con Manual de autoayuda (Salto de Página, 2016), obra finalista en el Premio Setenil, al mejor libro de relatos publicado en España ese año. También en el ámbito del relato, ha sido galardonado con el XXVIII Premio de Narrativa Camilo José Cela. Con su primera novela, Kuebiko, ha obtenido el XXXV Premio Vicente Blasco Ibáñez de narrativa en 2017. Es director del Centro de Estudios Literarios Antonio Román Díez (CELARD), donde imparte talleres de escritura y coordina programas de fomento de la lectura, como el Club de Lectura Viva. Es colaborador habitual en Canal Extremadura Radio y en medios digitales especializados en literatura.”