Buscar la tinta en el ojo ajeno

 

Antes de encerrarme a escribir la novela que tengo entre manos tenía que reencontrarme con Muhannad. A él lo conocí en el tren que nos llevaba a ambos, junto a otros ochocientos refugiados, hasta la frontera entre Hungría y Austria, allá por septiembre de 2015.

 

Aquel fue el primero de tres viajes que cambiarían totalmente la orientación de la historia que quería escribir. El segundo fue en febrero de este año, a la isla de Lesbos en Grecia.

Ahora Muhannad está en el campo de Schweinfurt, en la región alemana de Baviera. Y antes de que abandonara el campo de refugiados donde lleva ocho meses viviendo quería volver a verlo y conocer de viva voz su historia, algo que no puede hacerse en el espacio entre dos vagones llenos de miedo. Además, Muhannad tuvo la generosidad de convencer a otro buen amigo al que yo no conocía: Shadi. Él viajó desde un pueblo cercano a Frankfurt hasta Schweinfurt y dedicó dos días enteros a contarme su historia. La de Muhannad y la suya son muy distintas.

Shadi

Shadi

Shadi intentó por todos los medios no abandonar su país. Aguantó casi tres años bajo las bombas, protegiendo a sus hermanos y a su madre, trabajando, pensando siempre en como mejorar su futuro sin asumir que el presente era inhabitable. Shadi es un claro ejemplo de lo duro que es tomar la decisión de salir de tu país, aunque este esté asolado por la guerra, de cuántas veces intentarás, aún a riesgo de perder la vida, quedarte porque irte es para siempre, es perderlo todo.

Muhannad era un titulado superior que terminaba un Máster en Jordania cuando estalló la guerra. Todo su prometedor futuro quedó en suspenso y él atrapado entre dos mundos hostiles. La prórroga por estudios le había permitido retrasar su incorporación al servicio militar, pero ahora ese servicio militar era una muerte segura. Regresar a Siria era ser enrolado en el ejército. Los reclutas iban a primera línea y morían, sistemáticamente. Esa ha sido, en realidad, la razón fundamental de la huida del país de cientos de miles de jóvenes. El temor a ser reclutados por el Régimen, que era el temor a dos cosas: a morir y a matar. Ilegal en Jordania, rechazadas todos sus visados para países Schengen, futuro cadáver y/o asesino en su país, sólo le quedó el mar. Escucharle relatar las horas previas al embarco, escondidos en el bosque en medio de la noche, encañonados por los traficantes; escucharle describir el llanto silencioso de los niños en la barca, un “llanto de opresión”, me decía, ha sido de las cosas más escalofriantes que he vivido desde que presté mis sentidos a esta historia.

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Muhannad

Escuchar a Shadi describir las veces que salvó la vida por unos metros, por unos segundos, por pura suerte, describir los controles dentro su ciudad (que tenía que pasar para ir a trabajar) y que eran siempre una lotería: el Régimen, Al-Nusra, el Estado Islámico, los grupos rebeldes. Yo le preguntaba, ¿pero quién os protegía? ¿A qué ejército os encomendábais? ¿Cuál estaba de parte del pueblo? Shadi daba una calada y sonreía. Ninguno. Francotiradores, qatibas que disparaban a cualquier vehículo que cruzara sus calles, helicópteros que arrasaban calles, MIG’s (cazas rusos) que hacían vuelos rasantes sobre mercados, baterías antiaéreas… Nadie evitaba a la población civil. Un civil allí no vale nada.

Yo no he ido a Schweinfurt a conocer los detalles de un éxodo concreto. Mi novela no tratará sobre la guerra de Siria y sus consecuencias. No tengo tanto talento ni soy tan pretencioso como para creer que podría construir un personaje que recorriera ese viaje. Si me cuesta meterme en la piel de un zapatero de Badajoz, ni hablar de meterme en la piel de un profesor de Alepo. He ido a que me cuenten su viaje porque este éxodo es el éxodo del ser humano, el eterno y recurrente. Comprendiendo sus universales quizá logremos estar más preparados para los que quedan por venir. Aspirar a esa virtud maquiavelina que permitiría a analizar las situaciones, evaluarlas y decidir el proceder más adecuado: sustraer la historia de las manos de la fortuna y protagonizarla.

No es un propósito pequeño, pero la literatura es una herramienta que sólo cobra todo su sentido cuando se acometen grandes empresas.

Versión 2

Author CARMONA DEL BARCO

Miguel Ángel Carmona del Barco (Monesterio, 1979) debutó en la narrativa con Manual de autoayuda (Salto de Página, 2016), obra finalista en el Premio Setenil, al mejor libro de relatos publicado en España ese año. También en el ámbito del relato, ha sido galardonado con el XXVIII Premio de Narrativa Camilo José Cela. Con su primera novela, Kuebiko, ha obtenido el XXXV Premio Vicente Blasco Ibáñez de narrativa en 2017. Es director del Centro de Estudios Literarios Antonio Román Díez (CELARD), donde imparte talleres de escritura y coordina programas de fomento de la lectura, como el Club de Lectura Viva. Es colaborador habitual en Canal Extremadura Radio y en medios digitales especializados en literatura.

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