Carta abierta al género humano sobre la igualdad

Carmona del Barco | 1 julio, 2016

Mi mujer va camino de una playa del sur, a un festival de música. Volverá el domingo por la noche. Yo me quedo en casa, con mi hija de un año y mi hijo de cinco, que no terminan de salir de su gastroenteritis: un fiestón, vamos. Al comentárselo a algunas mujeres de mi entorno, la pregunta era siempre la misma: ¿Y los niños?

Coño, pues con quién se van a quedar los niños: conmigo, ¿o es que yo no tengo derecho a pasar un fin de semana duro; de insomnios y cabreos; de limpieza y recogida constante para que la casa, de todos modos, esté manga por hombro; de exploración de los propios límites?

Creo que una de las pocas cosas verdaderamente igualitarias es la ignorancia sobre el concepto de igualdad. Es común en hombres y mujeres. Un hombre no es “igualitario” porque considere que su mujer (u otra) tiene los mismos derechos que él, ni una mujer consigue la igualdad porque otro hombre lo acepte o no le quede más remedio que aceptarlo. Yo no tengo que permitirle nada a una mujer, ni una mujer tiene que obtener de mí el permiso para nada. Punto.

Ahora bien, partiendo de ahí, caminemos hacia la igualdad, porque todavía estamos muy lejos y, además, el camino se convierte en sendero y no es fácil verlo entre tanta maleza. Yo me considero igual a mi mujer cuando tengo derecho a elegir liberarla de sus responsabilidades (en este caso concreto, su parte de atención a nuestros hijos), porque en esa elección ejerzo puramente mi libertad.

Yo, como padre, exijo mi derecho a cambiar pañales, a levantarme por la noche (¡a que mis hijos digan papá y no mamá cuando se despierten de madrugada!), a prepararles la ropa y darles de comer aunque a causa de ello no pueda hacer lo que “me apetece” o incluso “lo que debo”, a abrazarles y consolarles si su madre pierde la paciencia. Exijo que se me permita crear un vínculo tan fuerte con mi hija que el día de mañana, cuando necesite que alguno de sus padres le explique en qué consiste la menstruación, se le pase por la cabeza preguntármelo a mí, aunque después elija a su madre por afinidad natural (o no). Exijo poder complicarme la vida en todo lo referente a mis hijos, al cuidado de mi casa, y de paso también a poder llorar en público.

Sólo partiendo de ese punto, esto es: que asumir las responsabilidades tradicionalmente asignadas al otro sexo no es una deferencia en pro de la igualdad del otro, sino una demostración de la propia libertad, entenderemos por qué las mujeres del XIX lucharon por trabajar 14 horas al día en una fábrica cuando, a priori, cualquiera podría llegar sólo a la conclusión de que se debe estar bastante mejor en casa. No luchaban por eso porque fueran gilipollas. Lo hacían porque reivindicaban su derecho a elegir dónde invertir su sufrimiento y trabajo para obtener determinados réditos que tienen que ver, primero, con el sentimiento de libertad y, después, con la realización personal, y que en el caso de la crianza se manifiesta en la devolución de amor por parte de los hijos.

Los hijos se educan, soportan y disfrutan mejor entre dos, pero cuando pasas unos días solo con ellos (esta no es mi primera vez) y no tienes a nadie en quien apoyarte se genera un vínculo muy especial. La primera vez que nos quedamos los tres en casa, mi mujer había viajado a Gambia por una semana y Alma, la pequeña, tenía poco más de un año. Alma no era aún un ser racional, luego ella amaba a quien la cuidaba. Si tú dedicas cuatro horas al día a tu hija pequeña, y tu mujer veinte, no esperes que su vínculo contigo sea igual al que tiene con su madre. Si quieres alcanzar ese grado de compenetración, debes elegir invertir tu esfuerzo y trabajo en eso y, para ello debes, en primer lugar, comprender que eso es un derecho para poder ejercerlo y, caso de ser necesario, exigirlo.

La igualdad, por lo tanto, no se alcanza reclamando los privilegios del otro, sino sus responsabilidades. Pero para ello, hace falta libertad. El machismo es la forma de opresión que el hombre ejerce sobre la mujer para negarle esa libertad. El racismo, el que ejerce una raza sobre otra. El fascismo, el que ejerce el Estado sobre la ciudadanía. Es el mismo concepto con múltiples presentaciones, y la manera de contrarrestarlo no es atacando a las consecuencias o las presentaciones, sino a la raíz, esto es: hacer entender al ser humano que la libertad es un estado personal e intransferible que se alcanza asumiendo responsabilidades que no tienes atribuidas a proiri, y que su disposición en red, es decir, la suma y conexión de individuos libres que asumen este tipo de responsabilidades tradicionalmente asignadas a otro grupo, genera sociedades libres e igualitarias.

E imagino (y aquí es a donde yo quería llegar) que es en estas sociedades modélicas donde nadie le pregunta a un padre con quién se quedan sus hijos cuando su mujer se va de festival un fin de semana.

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Author CARMONA DEL BARCO

Miguel Ángel Carmona del Barco (Monesterio, 1979) debutó en la narrativa con Manual de autoayuda (Salto de Página, 2016), obra finalista en el Premio Setenil, al mejor libro de relatos publicado en España ese año. También en el ámbito del relato, ha sido galardonado con el XXVIII Premio de Narrativa Camilo José Cela. Con su primera novela, Kuebiko, ha obtenido el XXXV Premio Vicente Blasco Ibáñez de narrativa en 2017. Es director del Centro de Estudios Literarios Antonio Román Díez (CELARD), donde imparte talleres de escritura y coordina programas de fomento de la lectura, como el Club de Lectura Viva. Es colaborador habitual en Canal Extremadura Radio y en medios digitales especializados en literatura.

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