Carta abierta a los imbéciles (incluido yo)

Sin duda una de las cosas más ingratas de la vida es aguantar a los imbéciles. De pequeño, estos imbéciles eran claramente identificables: llamaban a los otros gordos, enanos, maricones, o pordioseros o cuatro ojos, independientemente de que ellos lo fueran también. Los otros eran —éramos— “los otros” porque no sentíamos la necesidad ni encontrábamos placer en insultar a nadie. Nos expandíamos y replegábamos en función de nuestras posibilidades de supervivencia y relación, pero no intentábamos ganar terreno a costa del escarnio.

Después, uno crece y va conociendo distintos tipos de imbecilidad o, más bien, distintas formas de enmascararla porque, al final, la imbecilidad es un concepto inmutable. Uno crece y va descubriendo en sí mismo fragmentos de esa imbecilidad y se aplica en extraerlos con pinzas o telequinesia. Uno cuestiona la objetividad de sus diferencias con los imbéciles a diario, pero periódicamente obtiene una visión global de la imbecilidad ajena y entonces dice: Dios, yo no soy así.

Porque yo sigo sin dedicarme a criticar a los demás, a decir si son o no “escritores”, si son o no “auténticos”, o “cultos”, o “lectores”, o “petulantes”, o “talentosos”, que no son más que etiquetas evolucionadas de aquellos gordo, maricón y cuatro ojos.

El imbécil se caracteriza, sobre todo, por no dejar tranquilo a los demás. Hay una fuerza interior que le empuja a tratar de adoctrinar con su visión del mundo —de inestimable valor—, a buscar la complicidad de otros imbéciles cuando medra o arrincona; tiende, básicamente, a considerarse superior y a aplicarse con vehemencia en labrarse una reputación de ser elevado.

El imbécil es un secundario mal construido, porque sólo tiene una cualidad que utiliza invariablemente para hacer avanzar su trama de folletín y, además, es plano, ya que sus contradicciones son tan obvias que no dejan lugar a la sorpresa. El imbécil escribe en una revista “de moda”, o publica columnas de 500 palabras en diarios “de prestigio”, o es el más lector del mundo y puede decidir, él solo, el que es un “gran libro” y el que es bazofia, o fue una joven promesa que, a fuerza de envejecer sin haberse cumplido, asume competencias de escritor consagrado que nadie le concede más allá de su camarilla. Porque todo imbécil tiene su camarilla. Y eso no es lo malo. Eso puede incluso ser lo bueno. El problema es que no reconoce las diferentes circunstancias a las que los demás se han enfrentado en la vida, que les han podido llevar a leer menos, a escribir peor, a escoger lecturas más comerciales, a manejar su imagen pública con torpeza o infantilismo. Todo esto, para el imbécil, es símbolo inequívoco de pereza, de mediocridad, de falta de rigor, y cualquier intento de promoción de las propias cualidades en el que incurran estas personas es, automáticamente, un acto de vanidad, de impostura, un acto antiestético perpetrado por un perdedor. No entienden, o quizás no entienden en ese momento, que una persona puede tener objetivos simultáneos en la vida, que a veces es díficil priorizar entre ellos, elegir entre sentarte en la alfombra y jugar a los playmobil con tu hijo o leerte la última novela de Franzen, entre descansar o escribir, entre hacer una crema de calabacín o ver Tarkovsky. Y sobre todo, no entienden que nada de esto es excluyente, pero que no renunciar al juego, al descanso y a la cocina significa avanzar más despacio hacia los otros objetivos.

A mí me importa ir lento, sufro cuando veo lo lento que voy pero, por suerte, después se me enciende una bombilla y recuerdo cómo fui y cómo soy, veo el camino recorrido y las metas volantes atravesadas y pienso que, quizás, si no he sido más imbécil en la vida es porque no he tenido tiempo suficiente, y porque el que he tenido no lo he perdido en fijarme en los demás si no era para aprender de ellos, cuánto menos para criticarlos.

Author CARMONA DEL BARCO

Miguel Ángel Carmona del Barco (Monesterio, 1979) debutó en la narrativa con Manual de autoayuda (Salto de Página, 2016), obra finalista en el Premio Setenil, al mejor libro de relatos publicado en España ese año. También en el ámbito del relato, ha sido galardonado con el XXVIII Premio de Narrativa Camilo José Cela. Con su primera novela, Kuebiko, ha obtenido el XXXV Premio Vicente Blasco Ibáñez de narrativa en 2017. Es director del Centro de Estudios Literarios Antonio Román Díez (CELARD), donde imparte talleres de escritura y coordina programas de fomento de la lectura, como el Club de Lectura Viva. Es colaborador habitual en Canal Extremadura Radio y en medios digitales especializados en literatura.

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