Durante mi infancia, nunca me planteé la posibilidad de que mis padres pudieran ser mis amigos. Sin embargo, en algún momento de mi adolescencia tuve conocimiento de  cierta corriente crítica, sorprendemente transversal, que coincidía en ridiculizar a los padres que, al parecer, presumían de ser amigos de sus hijos, mediante uno de esos argumentos atrapamoscas que tanta pereza da refutar: «Un padre es un padre, no un amigo».  

Las tautologías siempre ejercieron en mí un efecto hipnotizador: el hecho de que un padre debiera ser, en efecto, un padre, me parecía un argumento muy lógico y, a la vez, profundo en un sentido que tal vez yo aún no estaba capacitado para entender. Sin embargo, algo dentro de mí me impedía ver qué podía tener de malo que éste, a su vez, se declarara amigo de su hijo. Al poco, yo viré hacia incertidumbres más propias de mi edad y aquellas dudas se agazaparon y permanecieron apaciguadas pero latentes hasta ahora, tiempo en el resurgen para que yo me defina.

Mi hijos son, sin duda, mis amigos. Diría más: son, de hecho, mis mejores amigos: disfrutamos compartiendo nuestras afinidades; somos incapaces de estar enfadados sin sentir dolor; necesitamos estar juntos incluso aunque, estando juntos, no nos hagamos caso; no queremos defraudarnos mutuamente y sufrimos la tristeza del otro. Y todo eso, toda nuestra relación, se asienta sobre algo más importante que ellos y que yo, más importante que la palabra «padre» o la palabra «hijo»: el respeto.

Es sorprendente el trabajo de deconstrucción que un padre debe hacer para entender lo que significa respetar a un hijo, incluso aunque ese padre haya sido, en su infancia, un hijo respetado. En mi opinión, el fin último de este proceso de deconstrucción es entender que la palabra «padre» no implica, por sí misma, más que una realidad biológica o legal, y que es tarea del padre cargar esa palabra de significado. No hay nada, por lo tanto, que deba darse por supuesto, por merecido, por alcanzado, por exigible, por descartado. La relación padre-hijo es, en el mejor de los casos, un libro en blanco.

Sin embargo, me atrevería a decir que todos los padres nos enfrentamos a esta tarea con un puñado de páginas ya escritas o arrancadas; con una lista palabras prohibidas; con cierta compulsión a enseñar reglas ortográficas que rompemos a menudo y con un miedo terrible a mancharnos las manos de tinta.

Todas esas taras complican el descubrimiento de una verdad que es, en realidad, tremendamente simple: mi hijo es igual a mí. Es decir, es un ser individual que tiene los mismos derechos que yo: no es sangre de mi sangre, ni una astilla de mi palo, ni una costilla de mi cuerpo, ni un apéndice de mi ego, ni un cubo para mis heces, ni un pedestal para mi santidad, ni una vitrina para mis trofeos.

Mi hijo es igual a mí. Es decir, es un ser individual que tiene los mismos derechos que yo: no es sangre de mi sangre, ni una astilla de mi palo, ni una costilla de mi cuerpo, ni un apéndice de mi ego, ni un cubo para mis heces, ni un pedestal para mi santidad, ni una vitrina para mis trofeos.

El hecho de que el ser humano sea el animal más resiliente y adaptativo de todos ha contribuido a extender la idea de que cualquier indeseable puede ser padre. Sin embargo, no es así, porque el hecho de que un hijo sobreviva no implica que la función parental se haya cumplido con éxito. Ser padre es algo más que que tu hijo consiga sobrevivir, incluso desde un punto de vista biológico. Una especie puede asimilar que un número reducido de sus individuos críen a sus hijos de manera defectuosa, pero si ninguna leona enseña a cazar a sus cachorros ni a identificar los peligros, los días de esa especie están contados.

Durante siglos, sin embargo, los principios informadores de la educación han sido la violencia, la brutalidad y la humillación, a pesar de lo cual nuestra comprensión sobre el amor, la solidaridad, el respeto y la tolerancia han ido mejorando, con sus altibajos, de manera constante. De esto cabe deducir que, si el ser humano ha alcanzado este nivel de desarrollo y conciencia no ha sido tanto por la capacidad que ha tenido para educar a sus crías para construir un mundo mejor, sino por la capacidad de éstas para sobrevivir a sus progenitores e imaginar un mundo mejor a pesar de ellos.

Recién ahora acariciamos un sueño de igualdad que se nos escurre entre los dedos, como todos los sueños. El esfuerzo intelectual y emocional que hay que hacer para comprenderlo y asirlo es enorme. Estamos sacudiéndonos siglos de tradición y aprendiendo a identificar como violentos comportamientos que, hasta ayer, eran socialmente aceptados, e incluso valorados.

Nuevos opinadores reaccionan contra el sueño que podría destronarlos y poner en jaque la naturaleza coactiva que legitima su poder y, más allá de eso, que les obligaría a reconocer que en su infancia fueron abusados, agredidos, humillados por aquellos que, como dice Alice Miller, se hallan bajo la protección imperativa del cuarto mandamiento: «Honrarás a tu padre y a tu madre».

Porque, ¿qué pensáis que había detrás de aquella reacción contra aquellos padres que se decían amigos de sus hijos? Había pánico a perder los privilegios: la violencia, que incluye los gritos, las intimidaciones, las amenazas, los castigos, el chantaje, la manipulación a través de la culpa y la vergüenza y el miedo, ha sido y sigue siendo esa prerrogativa que un padre puede utilizar para imponer su voluntad a de la de su hijo sin necesidad de dialogar, de convencer o, lo que es mejor aún, sin necesidad de escuchar ni riesgo de ser convencido. La violencia es un privilegio que se hereda, y su herencia es, en realidad, una estrategia de supervivencia del niño que, convertido en padre, es incapaz de nombrar su sufrimiento y lo idealiza para que su recuerdo no acabe por destruirle.

La violencia es un privilegio que se hereda, y su herencia es, en realidad, una estrategia de supervivencia del niño que, convertido en padre, es incapaz de nombrar su sufrimiento y lo idealiza para que su recuerdo no acabe por destruirle.

Por el contrario, la amistad es una relación recíproca que presupone el aprendizaje mutuo, la cooperación, la confidencia, la interdependencia. En la amistad no hay alfarero y pedazo de arcilla: en la amistad, las personas se construyen a sí mismas mirándose en el espejo del otro. Eso es para mí ser padre: construirme mirándome en el espejo de mis hijos, consciente de la enorme y bellísima responsabilidad que supone que ellos se construyan mirándose en el mío.

Tal vez es hora de replantearse ese otro lugar común al que se aferran quienes no están dispuestos a cuestionarse sus raíces educativas: «Así me criaron a mí y tan mal no salí, ¿no?». Sé sincero y observa con objetividad cómo has vivido tu sexualidad, cómo manejas tu frustración y tu ira, cuánto necesitas el reconocimiento ajeno, qué capacidad tienes para debatir y negociar, para expresar tus emociones, y por qué, a pesar de que valoras en otros la originalidad, te cuesta tanto defender tu opinión contra corriente.

¿En serio crees que no eres infinitamente mejorable?

Author CARMONA DEL BARCO

Miguel Ángel Carmona del Barco (Monesterio, 1979) debutó en la narrativa con Manual de autoayuda (Salto de Página, 2016), obra finalista en el Premio Setenil, al mejor libro de relatos publicado en España ese año. También en el ámbito del relato, ha sido galardonado con el XXVIII Premio de Narrativa Camilo José Cela. Con su primera novela, Kuebiko, ha obtenido el XXXV Premio Vicente Blasco Ibáñez de narrativa en 2017. Es director del Centro de Estudios Literarios Antonio Román Díez (CELARD), donde imparte talleres de escritura y coordina programas de fomento de la lectura, como el Club de Lectura Viva. Es colaborador habitual en Canal Extremadura Radio y en medios digitales especializados en literatura.

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