Jon coge el megáfono temblando. El círculo que lo rodea y que, durante media hora, ha estado escuchando las experiencias de abuso contadas de manera espontánea por los asistentes, se cierra un poco en torno a él; se aprietan las pupilas para abrazarlo en silencio, en la distancia, en el frío de la Plaza de San Juan en enero. Jon empieza a hablar.

Han sido dos años duros, muy duros, en los que ha sufrido un trastorno de ansiedad generalizada. Se toca los ojos para no llorar, mira al suelo y al cielo, se enfada consigo mismo por trabarse y barre ese enfado con otro más fuerte, más antiguo, más caliente: un enfado que es ya rabia y que, al cabo, sale de ese puchero donde lleva cociéndose, a veces a fuego rápido, a veces a fuego lento, desde que Jon es Jon.

A fuego rápido, cuando le insultan y le humillan por costumbre o pasatiempo, sin detenerse a pensar que, enfundado en ese cuerpo, en esas ropas, hay un ser humano que compra el pan, se corta las uñas, duda en la caja del supermercado y evita pisar las líneas de la acera. A fuego lento, cuando le alcanzan los reojos, las esquinas y cantos de las miradas, la tangente de un abrazo no dado, el silencio de un foso cavado a su alrededor para aislarlo; cuando parece invisible y duda, también él, de si lo es.

Jon alza la voz y se pregunta cuál es el objetivo de su sufrimiento. Vuelve a rodear la idea principal, porque enfrentarla, sin más, es demasiado duro. Porque lo que Jon está compartiendo con nosotros no es una experiencia puntual de abuso, ni siquiera una continuada: lo que nos desgrana, arrastrando su pasión como un bombero arrastra a un niño fuera de un edificio en llamas, es su proceso de reconocimiento propio en el reconocimiento de los demás: de los que le odian y de los que le aman. Él es igual al resto. Él sabe que es igual al resto y, sin embargo, todo su ser está en entredicho por un solo factor elevado por la tradición, la cultura, la ciencia, la religión, el mercado, el arte y la educación, a la categoría de primordial en la definición de un ser humano: su orientación sexual.

Y todo lo que es, está pendiente de obtener del mundo el permiso para ser, justo como un inmigrante espera el suyo para convertirse en un ciudadano con derechos. Y no es baladí que sea el mismo miedo, el mismo odio, el que sirve para temer y para odiar a unos y a otros, porque a ojos de una parte de la sociedad Jon es un inmigrante sexual; esa parte que cree tener el poder y el derecho a decidir e imponer el lugar al que cada uno pertenece y que no puede abandonar si su permiso. No entienden que el camino que ha recorrido Jon no ha sido desde su tierra natal hasta otra extranjera, en el caso de que existan tierras extranjeras, sino al revés. No entienden que Jon nació en el exilio de la heterosexualidad y que lo que ha hecho, con gran esfuerzo y sufrimiento, es regresar a casa. Es así de sencillo. Jon, ahora, está en casa.

¿Sabéis cómo lo logró? Jon intenta contárnoslo, pero las palabras le hacen barro con las lágrimas y le derrapa la voz la garganta. Arranca un aplauso que le aviva aún más el llanto. Pide silencio. Un chico rompe el círculo e intenta abrazarle pero Jon le aparta. Necesita decirlo y necesita una pequeña porción de rabia para hacerlo. Pero en ese momento aprieta sin querer un botón del megáfono y estalla una sirena. Se asusta. Todos nos asustamos. Y reímos. El resultado es curioso: la risa es mejor catalizador que la rabia. «Entonces se lo dije a mi madre», dice Jon.

Y una mujer que podría ser su madre, o tal vez una madre cualquiera, sale y le abraza.

Jon regresa a su sitio en el círculo. Allí se limpia las lágrimas, aprieta los puños y respira hondo. Se palpa: es él, es visible, los demás le hemos visto y sabemos que es él.

Aunque sea tan solo por unos instantes, Jon está en casa.

Author CARMONA DEL BARCO

Miguel Ángel Carmona del Barco (Monesterio, 1979) debutó en la narrativa con Manual de autoayuda (Salto de Página, 2016), obra finalista en el Premio Setenil, al mejor libro de relatos publicado en España ese año. También en el ámbito del relato, ha sido galardonado con el XXVIII Premio de Narrativa Camilo José Cela. Con su primera novela, Kuebiko, ha obtenido el XXXV Premio Vicente Blasco Ibáñez de narrativa en 2017. Es director del Centro de Estudios Literarios Antonio Román Díez (CELARD), donde imparte talleres de escritura y coordina programas de fomento de la lectura, como el Club de Lectura Viva. Es colaborador habitual en Canal Extremadura Radio y en medios digitales especializados en literatura.

More posts by CARMONA DEL BARCO

Leave a Reply

All rights reserved CARMONA DEL BARCO ©