Mordaza 2.0


La mordaza impide hablar, pero no matar o robar. Por eso es un accesorio ideal para la práctica política del siglo XXI. Supone el triunfo último de la estupidez sobre la inteligencia y, lo más importante, para utilizarla en el año 2016 ni siquiera hace falta ser más fuerte que el listo. Se acabó ese ritual espartano de someter a mamporros al sabio, arrastrarlo, flagelarlo y, finalmente, amordazarlo para frenar su tóxica verborragia. Hemos perdido, en este camino hacia la insulsez como canon ético y estético, la belleza intrínseca al acto de represión: los músculos tensados, los esputos, las súplicas y —ah, la mayor pérdida— el esfuerzo del represor por convertir su acto en una obra de arte que le sobreviviera y le asegurara un lugar en la Historia. Y hemos cambiado todo esto por un subterfugio que no precisa de fuerza ni de inteligencia y que premia la cobardía, la debilidad, la envidia y el anonimato.

Desde que Ulises regresara a Ítaca y, con la ayuda de un porquero, pasara a cuchillo a los Pretendientes que abusaban de la incapacidad de su hijo y su esposa para desalojarlos de Palacio, los actos de castigo a la inmoralidad han ido perdiendo lustre. Es lógico que muchos piensen que el verdadero motivo de esto es el progreso de la civilización. La paulatina implementación del uso de la mordaza buscaba, precisamente, la aquiesciencia del vulgo para con esta nueva forma de represión. Pero no ha sido hasta la última década del pasado siglo que nuestros graníticos, cenicientos y escuchimizados líderes han encontrado la fórmula maestra que combine la anulación de los rivales con la ilusión de democracia: y era tan sencillo como calzarse ellos mismos la mordaza. En cuanto aristócratas, la mayoría del pueblo tendería a imitar sus usos y arrastrarían al resto: todos juntos se confinarían solitos en el redil y se vigilarían mutuamente para identificar al diferente: aquel que no llevara mordaza. Acordes a otro concepto en boga en los últimos años, empoderarían al pueblo y delegarían en él las competencias censoras.

Cómodos los líderes con este artilugio que les permite robar y matar, sólo necesitaban hacerle una pequeña mejora para que les permitiera comunicar su mensaje, imprescindible para gobernar una nación. La nueva versión, la mordaza 2.0, impediría al individuo hablar con sinceridad irreflexiva, forma característica de expresión del ser humano no educado para ocupar un papel público. Los líderes ya fueron adoctrinados en este lenguaje en su juventud, igual que a las señoritas de clase alta se les adiestraba, poniéndoles tomos del Providencialismo Místico de José Antonio en la coronilla para que hicieran equilibrio, en el uso de los tacones de aguja. Luego, ellos no se arriesgaban, o se arriesgaban poco. Sin embargo, para aquellos ciudadanos de origen abyecto: hijos de campesinos, obreros y artistas, que acostumbraban a hablar con el estómago o a crear personajes para hablar por bocas de otros, las nuevas reglas serían difíciles de cumplir y no faltarían los motivos para enjuiciarlos. El uso de palabras como sexo, dios, puta, macho y hembra, negro, gordo, entre otros cientos, así como el empleo de recursos retóricos orientados a cuestionar el orden preestablecido, como la ironía o la sátira —de difícil asimilación por los imbéciles empoderados— favorecerían la trazabilidad de su estofa. También sería útil contra los rivales políticos que tendieran a ampliar su oposición al terreno dialéctico y lingüístico: expresiones como nación y nacionalidad, condena o rechazo, víctimas, memoria histórica, conflicto, servirían para criminalizar sus posturas sin importar sus actos. No importa que demuestres tu compromiso con los cauces democráticos y la paz: si no repites nuestro mantra “condeno el atentado”, entonces eres un terrorista. Recordemos: la mordaza 2.0 permite robar y matar, pero está diseñada para reprimir un sesgo específico de ideas y términos.

Y aquí estamos algunos, intentado protestar contra la mordaza sin atrevernos a arrancárnosla de cuajo, cada vez más acongojados por el poder de los imbéciles y, lo más peligroso, siendo a ratos parte de ese rebaño que señala a quienes intentan quitársela, tan profundo cala la estupidez fruto de la manipulación. La difusión de dos artículos de Pérez Reverte en los que se señoreaba en su papel de galán hortera y chulesco —¡machista, retrógrado, degenerado!— en la misma semana en la que se pedía el linchamiento de María Frisa por su libro 75 consejos para sobrevivir en el colegio, cuya protagonista exploraba en voz alta los límites de la ética, los transgredía y sufría sus consecuencias para que el lector enjuiciara su comportamiento, por considerarse apologético del odio y la violencia; esta coincidencia en el tiempo, me ha llevado a percatarme de la parcialidad de mi criterio, que me hizo denostar al primero por cerdo y matón, y empatizar con la segunda. Y ahora me pregunto si no estará Pérez Reverte utilizando la atalaya de su sillón en la RAE y de su biblioteca de 50.000 volúmenes para arremeter contra los cimientos de la corrección política, no porque piense que puede derruirla, sino por el mero hecho de ver a los imbéciles como yo enloquecer con sus despropósitos mientras las correas de la mordaza 2.0 se nos incrustan en la nuca.

Author CARMONA DEL BARCO

Miguel Ángel Carmona del Barco (Monesterio, 1979) debutó en la narrativa con Manual de autoayuda (Salto de Página, 2016), obra finalista en el Premio Setenil, al mejor libro de relatos publicado en España ese año. También en el ámbito del relato, ha sido galardonado con el XXVIII Premio de Narrativa Camilo José Cela. Con su primera novela, Kuebiko, ha obtenido el XXXV Premio Vicente Blasco Ibáñez de narrativa en 2017. Es director del Centro de Estudios Literarios Antonio Román Díez (CELARD), donde imparte talleres de escritura y coordina programas de fomento de la lectura, como el Club de Lectura Viva. Es colaborador habitual en Canal Extremadura Radio y en medios digitales especializados en literatura.

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