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LAS MEJORES FIESTAS DEL VECINDARIO

Desperté en el sofá. Me dolía la nuca como si hubiera sobrevivido al garrote vil. Había sillas volcadas, extrañas manchas el papel pintado y un rastro de gotas rojas que se perdía en la cocina. Agarré una de las botellas y caminé como pude, a gatas primero, semierguido después. Apoyado en el quicio de la puerta observé a la rubia que recogía mi cocina.
—Dime que todas esas manchas no son de sangre —supliqué con voz pastosa.
—No, cariño, es vino. Ayer también te dio por hacer el aspersor —contestó ella mientras empujaba con la pierna la puerta del congelador.

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