Existe un lugar en el norte de Cáceres y al sur del mundo en donde, una vez al año —en la época en que caen las primeras castañas, aún vestidas de pincho y verde— las plazas se llenan de cuentos y oídos. Hay oídos grandes y pequeños; gruesos y finos; ancianos y recién hechos. Y cuentos como el agua del río que surca el pueblo, eternamente nuevos, contados a quemarropa por sicarios del cártel de la palabra siempreviva.

Yo he estado allí con mis oídos. Yo me he sentado en esos bancos traídos y llevados por manos voluntariosas, guardados tras portones de madera abiertos para la ocasión. He repasado las miradas milagrosas de los niños y las niñas, que salpicaban las alfombras dispuestas sobre la piedra y los rebozos de sus madres y sus padres —porque en ese pueblo fugaz los padres también llevan rebozo—; he repasado las miradas de los ancianos y las ancianas que amasaban la tarde desde los soportales con un respeto oceánico: profundo y ancestral; y he encontrado en ellas el origen del cuento contado y el destino del cuento contado, que nace y muere en el mismo sitio.

Hay en Garganta la Olla —que así se llama este pueblo— una gente que ama al cuento, y que está allí y no en otra parte —en otra parte estará otra gente—, que cada año hurtan a sus meses algunos días, y a sus días, algunas horas —pongamos: un celemín de horas cada uno; algunos más, otros menos—, y que juntan todas sus medidas para hacer un buen guiso de cuentos en la Olla, y es por eso que le dicen la Olla de Cuentos.

Llaman, a veces a gritos, a veces en susurros, por igual a vecinos y desconocidos, y les invitan a escuchar un buen plato de historias traídas de aquí y de allá. Y, cuando cae la noche, asan en la hoguera cuentos que pican tanto que a uno le lloran los ojos del humo, pero uno puede llorar a gusto si le place porque un hechizo de oscuridad y silencio le protege del qué dirán.

Yo no había ido nunca antes, pero hace una semana que regresé y todavía no he vuelto. Yo no quería volver —como el rey de aquel cuento que contó Carolina Rueda— pero, como ella dijo: «Si las velas están desplegadas; el ancla levada, y el tiempo es propicio, es imposible no partir». 

Yo no quería volver al contrario que Ángeles, que la llevaron a conocer Plasencia y se escapó de casa de su tía porque como su pueblo no había nada, y tal era su determinación con cinco años que hasta los guardias le dieron siete pesetas para el camino, aunque después la devolvieron a su tía.

Yo no quería volver. Con deciros que me he comprado un sombrero, me lo he puesto y le he dado tres vueltas para ver si así puedo pedir mi deseo y regresar allá, o desirme, más bien. Pero mi sombrero no es el del cuento de Demetrio, porque el del cuento de Demetrio es un sombrero mágico que ha de entrar por la ventana; y yo he dejado abierta la ventana, pero aún no ha entrado el sombrero.

Le he pedido a las bandadas de pájaros que me lleven, pero son pájaros y no entienden. Yo querría que fuesen libros, como aquél de Eugenia Manzanera, que podía volar, y que seguro comprendería mi necesidad de regreso. Pero, ¡ay!, se me olvidó preguntarle en qué lugar del mundo habitan los cuentájaros.

Y querría también que la Ronda pasara por mi calle, y salir en tromba —siempre quise salir en tromba de algún lugar— con mis hijos agarrados de la manos y los pies, porque todo el mundo sabe que la Ronda es una procesión mágica que puede transportarte allá a donde desees si haces los pases correctos que nos enseñó el gran Cthuchi Zamarra.

Pero la Ronda no pasa por mi calle, y yo no sé dónde viven los cuentájaros, y por la ventana no entra ningún sombrero, a pesar de que está abierta; y aunque las velas están desplegadas y el ancla levada, el tiempo no parece propicio para viajar. Así que me siento en el suelo de mi casa y por la ventana abierta veo entrar una mosca que vuela pesadamente, como un globo aerostático en miniatura, lastrada por un minúsculo maletín rojo en el que —si uno se aplica una lupa de mil aumentos en el ojo— puede leerse: «GAO».

La voz de Lucía entonando en la Invierna ese soniquete pegadizo se cuela también por la ventana:

La mosca Gao
La mosca Gao
La mosca Gao
Tss Tss

La reconozco al punto. Mis hijos también. Pronto, nos arrejuntamos formando un círculo alrededor de Gao, que extrae con parsimonia, usando sus seis patas, un sinfín de mosquicuentos. Sentimos el calor bajos nuestros pies y nuestros culos, aposentados en el fondo de este cacito que es y siempre ha sido nuestro salón: un cacito de cuentos donde las ventanas permanecen abiertas para que entre por ellas el sobrero de Demetrio, el cuentájaro de Eugenia, la mosca Gao de Lucía, o el tiempo propicio de Carolina.

Author CARMONA DEL BARCO

Miguel Ángel Carmona del Barco (Monesterio, 1979) debutó en la narrativa con Manual de autoayuda (Salto de Página, 2016), obra finalista en el Premio Setenil, al mejor libro de relatos publicado en España ese año. También en el ámbito del relato, ha sido galardonado con el XXVIII Premio de Narrativa Camilo José Cela. Con su primera novela, Kuebiko, ha obtenido el XXXV Premio Vicente Blasco Ibáñez de narrativa en 2017. Es director del Centro de Estudios Literarios Antonio Román Díez (CELARD), donde imparte talleres de escritura y coordina programas de fomento de la lectura, como el Club de Lectura Viva. Es colaborador habitual en Canal Extremadura Radio y en medios digitales especializados en literatura.

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